CAMBRILES, DE JOSÉ GIMÉNEZ CORBATÓN, POR SERGIO DEL MOLINO
"MAQUIS" FALANGISTAS EN ZONA ROJA

Una historia curiosa (pese a que haya gente molesta por este blog con el hecho de que se hable de la guerra civil). La publiqué ayer, domingo, en Heraldo de Aragón. El libro Cambriles, de José Giménez Corbatón, está ya en la calle y es una maravilla. La foto pertenece a él.
Cuando parece que todo está escrito, que nada nuevo puede saberse sobre la Guerra Civil, aparece, cubierta por el polvo en un desván, una hazaña silenciada, un relato sin contar o una historia casi olvidada. Es el caso del episodio de Cambriles, una angosta covacha excavada en un risco entre los pueblos de Ludruñán, Dos Torres de Mercader y Las Cuevas de Cañart, en la montañosa comarca del Maestrazgo turolense. Allí, entre el otoño de 1936 y septiembre de 1937, en un agujero donde sólo se puede subir con un equipo de escalada, un grupo de falangistas y gentes de derechas de los pueblos de la comarca se refugió de la persecución política que sufría en ese lado del frente, controlado por las milicias anarquistas y trotskistas.
Se trataba de una bolsa silenciosa de resistencia franquista en territorio republicano aragonés gracias a la cual muchos ciudadanos de derechas no sólo escaparon de la represión, sino que lograron cruzar las líneas y unirse al bando de los sublevados. La gente de la cueva formó una sociedad secreta llamada La Caverna, con cuota de ingreso, sello, reglamento y libro de actas incluidos, y creó una red de asistencia con apoyos en los pueblos de la zona para conseguir víveres. Una historia sin parangón conocido en la retaguardia republicana.
Terminada la guerra, en septiembre de 1939, fueron recibidos como héroes en Zaragoza, y todo parecía indicar que los resistentes de Cambriles iban a convertirse en un mito de la iconografía del régimen franquista. Sin embargo, la llegada del maquis, pocos años después, sepultó en el olvido esta historia, recordada tan sólo por los más mayores en algunos pueblos del Maestrazgo y del Bajo Aragón.
El escritor aragonés José Giménez Corbatón creció escuchando relatos sobre Cambriles en Ladruñán y Castellote, de donde procede su familia. Intrigado por los retazos de leyenda que habían llegado hasta él, decidió investigar la historia, llegar hasta el fondo y separar el grano de la paja. “Era una deuda conmigo mismo”, afirma el narrador.
Interés compartido
Giménez Corbatón coincidió en su interés con el Grupo de Estudios Masinos (GEMA), de la vecina localidad de Mas de las Matas, institución adscrita al Instituto de Estudios Turolenses que lleva más de 20 años recuperando la historia de la comarca, y se comprometió a editar la investigación. Así nació “Cambriles”, un libro recién publicado por el GEMA con apoyo del programa “Amarga memoria” del Gobierno de Aragón y fotografías de Pedro Pérez Esteban, uno de los mejores paisajistas aragoneses, que ha recorrido con su cámara infinidad de parajes de Teruel.
“Hemos llegado tarde -se lamenta el escritor-. Hace años pude entrevistar a algunos supervivientes, pero hoy ya sólo vive uno, el cura Conesa”. “La historia -prosigue Giménez Corbatón- es muy peliculera. No esperaba encontrarme con tanto material novelesco. Estaba todo perfectamente organizado. Dentro de la cueva, que he visitado un par de veces, todo estaba compartimentado y organizado con inscripciones en la roca. Incluso habían previsto un espacio rotulado como ‘Audiencia’, donde pretendían juzgar a los rojos’que cayeran en sus manos y, junto a él, una oquedad estrecha hacía las veces de calabozo. Ninguno de los dos espacios fue utilizado nunca, porque no apresaron a nadie, claro está, pero ahí lo tenían, por si acaso”.
El lugar, que podía reunir a unas 20 personas al mismo tiempo, llegó a tener ocupantes que permanecieron diez meses seguidos en su interior. “Y es claustrofóbico. Cuando pasas más de una hora dentro, notas que te falta el aire y necesitas salir. La historia recuerda un poco a las de los ‘topos’ de la posguerra”.
Una playa andaluza
El nombre de Cambriles también tiene su historia. La cueva no estaba bautizada antes de la Guerra Civil, sólo era una oquedad ignorada en un peñasco. Pero las actas de La Caverna tenían que fecharse en algún sitio, o al menos eso pensaban sus miembros. “Por eso, a Aniceto Brea, uno de los ‘inquilinos’, se le ocurrió llamar a la cueva Cambriles, que es una playa andaluza. Lo hicieron por despistar, para que, si los libros caían en manos del enemigo, éste creyera que estaban escritos en Andalucía”, explica Giménez Corbatón.
La cueva, al parecer, la había descubierto en los años 20 un pastor de la zona, Domingo Folch. Según Folch contó a Giménez Corbatón, llegó hasta la covacha trepando por el risco mientras perseguía a un águila imperial que llevaba un conejo en las patas. Folch pretendía arrebatarle la presa al ave para comérsela.
“Tuvieron la suerte de que en el pueblo más cercano, Ladruñán, no se produjeron fusilamientos ni hubo represión -arguye el novelista-. El alcalde y los vecinos templaron mucho los ánimos e impidieron desmanes. Porque el escondite era muy poco discreto, se veía desde todas partes. Muchos sabían que allí había gente, que pasaba algo, pero hicieron la vista gorda”.
De mito de la resistencia franquista en el Maestrazgo pasó a ser una leyenda olvidada. Ahora, 70 años después, Cambriles vuelve a despertar curiosidad.
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